y sí: hoy ha sido uno de esos días. te levantas con la satisfacción de haber superado una semana de lucha contra tus instintos más primarios y resulta que hoy tu templo se empecina en demostrar quién es el que manda... por supuesto. tengo la sensación de tener un agujero de gusano, un paso a otra dimensión a la altura de mi hiato que no deja llegar la comida a mi estómago, aún sin haber descartado esta posibilidad y debido al crecimiento exponencial de mi perímetro intento controlar mis ansias de cosas ricas con una insípida latita de melocotones en almíbar light... viene a ser como si a una parturienta le cambiaran la epidural por una aspirinita...
y es que hoy, a pesar de haber ido a la compra y tener un catálogo completo de productos dietéticos/bajos en grasa/sin azúcar/etc en mi nevera: quiero pecar.
de los siete pecados capitales ahora mismo recorren mi cuerpo, como mínimo, seis, y porque no he logrado identificar la soberbia en todo esto... aunque seguro que está por ahí. ¡venga ya! ¿sabes cuántas calorías tiene un yogur? abro la nevera y me siento como en uno de esos antiguos todoa100: todo tienen menos de 100 calorías y aunque eso parezca bueno, la realidad es que el efecto que produce en tu cuerpo es como el de los cacharritos que te comprabas en las citadas tienditas: no dura.
podré comerme 150 natillas de chocolate sin grasas, sin calorías... y sin sabor a chocolate, para descubrir horrorizado que si me hubiera comido una normal me habría metido tres calorías menos de las que me metí intentando paliar con tres insípidas mentiras chocolateadas mis ansias de dulce.
la naturaleza, a la que se le supone sabiduría, no sabe lo que es un supermercado. tenemos una serie de mecanismos que nos hacen adictos a la glucosa porque es dificilísima de encontrar en el medio natural, pero mi medio natural es el lidl y ahí es facilísimo. resulta que tenemos todas unas infraestructuras especializadas: unas papilas gustativas concretas para ese sabor, una vez en nuestra boca nuestras neuronas empiezan la fiesta de la hormona sin avisar y eso nos produce euforia (¡yupi!) y para rematar nuestro cuerpo, cual judas, nos empuja a tener más hambre para aprovechar ese botín azucarado. como todavía no nos ha puteado lo suficiente, nuestro querido páncreas, ese órgano perdido que nadie sabe situar bien pero todo el mundo coincide en que "parece una hojita" (a mí se me parece más a una lengua de vaca de las que podemos ver en la carnicería) empieza a liberar insulina (sí, lo que se pincha el yayo) para poder absorber toda esa cantidad de azúcar.... ¡¿pero quién te ha dicho, puto páncreas del infierno, que quiero que me hagas eso!? ¡yo quiero que pase por mí sin pena ni gloria!, para que, como los yogures de fibra, salga de mi cuerpo sin más deleite que el de proporcionarme un momento de placer palatal. no contento con ello, el páncreas es el que decide convertir el azúcar en grasa, para tener para después (¿será catalán?) y claro, se lía a "insulinarme" el cuerpo y se pasa tres pueblos, creándome un pico de insulina, con su compañera la hipoglucemia del brazo, lo cual desata en nuestro organismo esa sensación de querer algo dulce y vuelta a empezar.
la realidad es que la naturaleza y su desconocimiento de la antropología moderna nos llevará a la extinción, porque, a saber: más o menos, los saltos evolutivos de nuestra especie ocurren cada medio millón de años, si el azúcar refinada data de hace unos quinientos o seiscientos años, echa las cuentas y descubrirás a qué me refiero.
así que aquí estoy, con mis sacia-mentiras sin azúcar intentando que mi anticuada maquinaria orgánica entienda que, a no ser que su objetivo sea crear un nuevo eslabón de la cadena evolutiva con tendencia a los vacunos, tiene que aprender a ignorarse a sí misma, hacer caso a mi adictiva cabecita y permitirme una tregua con el azúcar.
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